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martes, 15 de noviembre de 2016

Obispos con “olor a oveja”




Luigi Accattoli
Il Regno, blog, 23 mayo 2016
www.luigiaccattoli.it

Si el “mal es contagioso, también lo es el bien”: es un lema del papa Bergoglio, (Ángelus del 15 de febrero, 2015), con el que titulo mi segunda aportación sobre “el contagio” de Francisco. Publiqué, el pasado mes de noviembre, las preguntas y las respuestas que hice a los vecinos y a los comerciantes del barrio Monti (Roma) en el que vivo. Y las que me hice a mí mismo y a quienes visitan mi blog. Desde entonces, creo haber alcanzado una preocupante conclusión: hay mucho entusiasmo verbal, pero pocos hechos.


En esta segunda aportación evalúo el “contagio” de Francisco en los obispos y en los sacerdotes. Parto de los obispos: en este colectivo el entusiasmo por sus palabras es menor, muy bajo. Espero que, por una especie de ley de la compensación, lo sean mucho más los hechos. Tengo que averiguarlo. Para ello, centraré mi atención, primeramente, en los hechos y luego, en un momento posterior, volveré sobre la hipótesis que preside estas líneas.

Vivo una semana en cada parroquia

En los viajes que realizo impartiendo conferencias, he podido escuchar agradecimientos y elogios de muchos cristianos de a pie por el papa Francisco. Y también, las reservas de algunos curas. Sin embargo, creo que los obispos que “cuestionan” este pontificado son proporcionalmente muchos más que los sacerdotes. Como es evidente, no faltan quienes están entusiasmados y proceden en conformidad con dicho entusiasmo. En todo caso, me interesan más los obispos que prestan atención a los hechos y no tanto a las palabras y a los discursos. El papa argentino ¿ejerce realmente alguna influencia sobre nuestros obispos? En caso afirmativo, ¿cuál es el sentido de la misma?

Me llama mucho la atención el caso de Domenico Sigalini, obispo de Palestrina, por las decisiones que ha tomado en lo que se refiere a la vivienda: “Desde hace un par de años ya no vivo en el palacio episcopal, sino en diferentes casas que me facilitan los curas o los feligreses. En los últimos 19 meses he vivido en 18 pueblos, las dos terceras partes de la diócesis, habitando en cada uno de ellos durante un mes. Quería conocer la geografía y la población, pulsar las diferentes situaciones. Ahora, que estoy haciendo la visita pastoral, procedo de la misma manera: permanezco, en cada una de las 40 parroquias, durante una semana. Siempre celebro o concelebro allí e imparto una breve homilía cada mañana. Así, puedo conocer a las personas, escucharlas, hablar con ellas con el corazón en la mano; sin cortapisas de ninguna clase. Procediendo de esta manera, creo haber encontrado un modo de presencia cercana a las personas. A quienes me compadecen, les digo que para vivir basta con una habitación. La realidad es que todos son generosos hospedándome y me tratan muy bien”.

No faltará quien diga: el obispo Sigalini lo tiene fácil. Palestrina es una diócesis pequeña. Es cierto: se trata de una diócesis suburbicaria, es decir, localizada en suburbios de la urbe, con apenas 114.000 habitantes.

Pero también he encontrado una relación semejante con la feligresía en el obispo de una gran diócesis: Franco Giulio Brambilla, de Novara: 564.000 habitantes en un territorio amplísimo. Brambilla, una vez finalizado el Sínodo diocesano, ha puesto en marcha una visita pastoral “residencial” que prevé una permanencia suya durante dos meses -60 días distribuidos en tres etapas- en cada una de las ocho vicarías o arciprestazgos, de modo que pueda encontrarse con los responsables pastorales, con todos los sacerdotes y laicos que lo quieran y con todos los animadores de las unidades pastorales. “Una elección, me dice Franco Giulio, que busca conocer directamente, ‘in loco’, cada una de las personas y cada situación en su singularidad”. Conozco desde hace mucho tiempo tanto a Sigalini como a Brambilla y en ellos veo a obispos que, según el papa Francisco, “huelen a oveja”, tengan pocas o muchas.

Semejante a la de Sigalini, en lo que concierne a la vivienda y a la celebración matinal, es la decisión tomada por el nuevo arzobispo de Bolonia, Matteo Zuppi: se hospeda en una residencia sacerdotal, en la calle Barberia -donde tiene un pequeño apartamento, en el mismo piso en el que viven tres obispos auxiliares eméritos- y celebra todas las mañanas, con homilía incluida, en el altar del Sacramento en la Catedral.

La vivienda y la misa con homilía

Para relevar a Zuppi, en el sector Centro de Roma, ha sido llamado don Gianrico Ruzza, párroco de San Roberto Bellarmino, la iglesia romana de la que fue titular el cardenal Bergoglio: está buscando un alojamiento que lo mantenga en contacto con la gente y estudia cómo poder ser obispo auxiliar en el mundo de los jóvenes. Quedamos a la espera de lo que decida. El sector Centro es también el mío y me considero un buen amigo de Zuppi y ya lo soy de Ruzza quien, por cierto, me llamó una vez para hablar en San Roberto sobre el papa Francisco y me ha consultado acerca de cómo ha de ser la pastoral de juventud. Siguiendo las iniciativas papales, don Ruzza ya había puesto en marcha en su antigua parroquia un servicio de duchas y un comedor para los “sin techo”.

En lo referente a vivienda y misa diaria, es muy semejante a la elección de Zuppi, la del nuevo arzobispo de Trento, Lauro Tisis, antes, vicario general de dicha archidiócesis: “Seguiré viviendo donde he residido hasta el presente”, dijo el día en que se dio a conocer su nombramiento, es decir, en la residencia del clero. Don Tisis también ha decidido conservar su utilitario, rechazando un coche mejor; y cada mañana celebra misa -con homilía- a los universitarios, en la capilla de la curia arzobispal.

En lo que toca a la vivienda, también hay que traer a colación al obispo de Cesena-Sarsina, Douglas Regattieri, comprometido en la remodelación de su residencia para convertirla en una “casa familia” de la Comunidad papa Juan XXIII. Y lo está haciendo con explícita referencia a las invitaciones de Francisco a compartirla con los pobres y a estar siempre accesible, es decir, siempre disponible para recibir y encontrarse con quien lo busque.

El modo y el lugar en el que se reside y la homilía matutina son los ejes vertebradores de esta mini-investigación. Estoy abierto a recoger otras indicaciones de quienes quieran ayudarme al respecto. Pido a quien me lea que me eche una mano para ampliar el campo de observación, indicándome qué obispos se encuentran, de hecho, en la longitud de onda propuesta por el sucesor de Pedro.

No quiero el título de “excelencia”

Me interesan, obviamente, también otros aspectos del “contagio”. Hasta aquí me he referido a obispos con los que he hablado y de quienes puedo confirmar las declaraciones que han hecho y que acabo de transcribir. Pero he tenido la oportunidad de leer otras muchas señales del “contagio bergogliano” entre nuestros obispos, a las que me refiero seguidamente, y que, leídas en los periódicos, o recogidas en Internet, o de oídas, son, sencillamente, falsas.

Tal sería el caso del cardenal Francesco Montenegro de Agrigento quien viajando con una vespa hablaría con migrantes empleando el mismo lenguaje evangélico del papa. La verdad es que esto era algo que ya hacía mucho antes de que llegara el papa Francisco, y es muy probable que haya sido nombrado cardenal por esta cercanía, de palabra y de hechos. Y fue decisión suya que le acompañara un grupo de pobres el día de su investidura.

Otro tanto hay que decir del cardenal Edoardo Menichelli, a quien conozco personalmente: ha seguido usando el mismo coche que antes de ser nombrado cardenal y lo sigue conduciendo el mismo. Desde siempre don Edoardo ha hablado del acompañamiento a las familias heridas con la misma delicadeza con la que lo ha urgido el papa venido del fin del mundo.

El nuevo obispo de Padua, Claudio Cipolla, él sólo, con su pequeño coche, recorre la amplísima diócesis que preside para encontrarse con cada uno de los 774 curas, además de los religiosos y laicos que quieren hablar con él.

El reciente arzobispo de Modena, Erio Castellucci, vive en la curia arzobispal con una familia de migrantes albaneses y rechaza cualquier clase de título. “No quiero, si es posible, ser tratado como ‘excelencia’. Prefiero ser llamado por mi nombre”, dijo en la homilía de entrada en la diócesis.

Sería interesante saber cómo va este asunto del abandono de los títulos, ya intentada hace mucho por el cardenal Pellegrino, una vez finalizado el Concilio, y a la que están más dispuestos los obispos de América latina que los nuestros. El cardenal Bergoglio, en Buenos Aires, era para todos el “padre Jorge”. Aquí sólo los amigos de antes siguen llamando por su nombre a quien es ordenado obispo, aunque el electo prefiera que lo hagan todos.

Vende el Opel Astra y construye un dormitorio

También me gustaría saber cómo les va, en la vida ordinaria, a los nuevos obispos ordenados los últimos meses y a quien, por ejemplo, ha elegido un báculo de madera (Roberto Carboni, franciscano conventual misionero en Cuba y ahora prelado de Ales-Terralba); o a quien ha anunciado que quisiera seguir viviendo en una comunidad de curas y no aislado en el palacio episcopal (Renato Marangoni, cura paduano, nombrado obispo de Belluno); o a quien ha vendido el automóvil Opel Astra que le regalaron cuando hizo su entrada en la diócesis, destinando el dinero recaudado a construir un dormitorio para los sin hogar (Luigi Renna obispo de Cerignola-Ascoli Satriano). El regalo fue objeto de encendidas polémicas e, igualmente, la decisión de venderlo. Conclusión:  un obispo no tiene que hacer caso a las polémicas en estas decisiones personales.

¿Qué ha sido de la propuesta de “compartir” el sueldo, formulada hace dos años por el cardenal Gualtiero Bassetti a los trabajadores de la curia de Perugia, “para que, quién lo tiene, esté dispuesto, por razones éticas y de caridad, a recibir menos en estos momentos de dificultades económicas?” ¿En qué ha acabado la aportación voluntaria del clero de toda Italia para crear un fondo que facilitara la ocupación juvenil, propuesta de la que habló el arzobispo Giancarlo Bregantini?

A nada que te muevas, te tiran piedras

No soy pesimista sobre el “contagio” que tienen nuestros obispos por las palabras y por el ejemplo del papa. Tengo en cuenta las dificultades para asumirlo, que quizás sean mayores en entornos pequeños. Y, también, en los no tan pequeños. A nada que te muevas, te tiran piedras: “quieres estar en el candelero”; “estás dejando en mal lugar a tu predecesor”, “estás buscando ser cardenal por la vía rápida”.


Basten estas palabras del cardenal Betori sobre la dificultad de seguir al papa en su cercanía con las ovejas, cuando lo tuvo hospedado en Florencia el pasado noviembre: “He estado tras él todo el día y me ha admirado su dedicación a todos, a los niños, a los ancianos, a los pobres, a los enfermos, a los presos. La gente no se cansa de querer a un hombre de estas características, pero nosotros, los pastores, tenemos un problema: el listón del ejemplo a seguir se ha puesto muy alto”.
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