domingo, 15 de septiembre de 2013

Nobel de la Paz, señor de la guerra: Joxe Arregi

Le dieron el Nobel de la Paz, dicen que más por lo que quería hacer que por lo que había hecho. Ahora sabemos que lo que quería hacer no era distinto de lo que había hecho. Pero entonces todavía teníamos sus palabras de paz. Ahora, también sus palabras se han vuelto de guerra.


Me tiene horrorizado, señor Obama. Cuando fue elegido presidente de la primera potencia mundial hace cinco años, me alegré profundamente, pensando que era una bendición para nuestro pobre y precioso planeta, con sus gentes y toda clase de vivientes, como ballenas azules de los mares y monos titís del Amazonas. Su reelección hace un año también me alegró, ya más que nada porque su rival me daba mucho miedo.

Pero usted nos ha engañado. Ha traicionado nuestros sueños. Y si no ha incendiado el Oriente Medio y el mundo entero en una guerra terrible, parece deberse, sobre todo, a que está dejando ya de ser el presidente de la mayor potencia del mundo. Lo celebro, aunque los dirigentes de las nuevas potencias no sean mejores que usted o incluso sean peores. Es muy triste tener que reconocerlo, pero que ustedes se teman entre sí es la mejor garantía de paz para la Tierra. ¿A dónde la llevan entre todos?

Nos ha dicho usted con tono grave y conmovido estar horrorizado por el uso de armas químicas en Siria. No es para menos, pero ¡cómo nos cuesta creerle! Perder la fe en alguien es lo último y lo peor, pero ¡cómo nos cuesta creer que sean los muertos de Siria los que le conmueven, cuando estaba decidido a matar cuantos sirios se hallaran, soldados o niños, bajo sus misiles y drones!

Nos ha dicho con tono solemne que tenía "el deber moral de responder al ataque químico". Sí, señor, es un deber moral de todo ser humano y de todos los poderes de este mundo responder a un ataque químico, venga de donde venga. Pero déjenos dudar de su criterio moral. ¿Cómo no ha sentido nunca o nunca nos ha dicho haber sentido el deber de responder a tantos otros ataques, como la reciente masacre de Hermanos Musulmanes por parte de los militares egipcios, sus amigos, tras un golpe de Estado que usted permitió o impulsó? ¿Y no siente usted deber moral alguno de impedir que las empresas mineras de su país envenenen los ríos y las fuentes de agua con cianuro y maten a pueblos enteros de indígenas o de afrodescendientes como usted al sur de su América? ¿Acaso le duelen a usted los miles de muertos que provocan cada día -¡cada día!- las entidades financieras de su país? Todo suena a falso pretexto.

Ha declarado ante el mundo que los Estados Unidos no pueden "cerrar los ojos ante la tragedia siria". No, señor, nadie puede cerrarlos. Pero ¿acaso los Estados Unidos no han cerrado los ojos cada vez que su interés así lo aconsejaba? ¿No cierra los ojos su Gobierno ante la tragedia del Congo o de Guinea Ecuatorial? ¿No mira Ud. a otro lado cuando son regímenes poderosos como China o Rusia o regímenes amigos como Israel o Arabia Saudí los que provocan tragedias? La conclusión es terrible: el deber moral para Estados Unidos se confunde con su propio interés, lo mismo que para el régimen terrorista sirio.

Es probablemente un cálculo de intereses el que ahora le disuade de atacar a Siria. Celebro su marcha atrás, no sus motivos. Y celebro el clamor de paz de todos los hombres y mujeres de bien, la petición de los cristianos de Siria, el llamamiento del patriarca ortodoxo ruso, el llamamiento solemne del papa Francisco, e incluso el de monseñor Munilla, que en Arantzazu dijo con razón que los conflictos solo se resuelven por el diálogo y la negociación (pero a propósito: ¿no habíamos quedado en que el régimen sirio era terrorista y que con los terroristas no se debe negociar?).

Sí, negocien, por favor, y háganlo mirando al interés mayor de todos. De todos. Que entregue Siria sus armas químicas. Que entreguen los Estados Unidos sus bombas atómicas y sus drones asesinos. Que entreguen todos todas sus armas mortales. Que todos cuidemos la vida. Que sea bendita la vida de todos.
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