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sábado, 7 de julio de 2018

Igorre: Ermita de San Cristobal


San Cristóbal ofrece un buen ejemplo de cómo una ermita de barriada puede mantenerse en un envidiable estado de conservación gracias a la preocupación y el esfuerzo de sus feligreses y devotos. Texto: Alfonso de Andrés.

A poco más de dos kilómetros del núcleo urbano de Yurre, y tras tomar la desviación hacia el barrio de Santa Lucía, se alza en un rellano a media ladera, con buena insolación y amplias vistas del valle, la conocida popularmente como ermita de San Cristóbal de Elguezua. Denominación ésta que oficialmente comparte con la de la santa que da nombre al barrio y que según todos los indicios fue la primera titular de este templo desde sus orígenes, allá por la Alta Edad Media. La situación apartada que disfruta actualmente este barrio no se corresponde con la de épocas anteriores, ya que por las proximidades de esta ermita discurría un camino que, evitando el fondo del valle, enlazaba con el barrio limítrofe de Biteriño (Dima), para continuar hacia Álava.


Aproximadamente a esta época (siglos VIII-X) corresponden los enterramientos descubiertos en el lado sur de la actual ermita. La necrópolis, en la que se han excavado cerca de treinta tumbas, estaba organizada en hileras paralelas. Las sepulturas eran de fosa simple excavadas en el terreno, poco profundas y de planta trapezoidal, cubiertas con dos o tres losas de piedra - tipología muy habitual en la mayor parte de las
necrópolis del norte de la península-. El difunto era depositado directamente en tierra, sin ajuar alguno, con la cabeza mirando hacia el este.

De este primer momento no se conserva ningún otro elemento al que pueda aplicarse esta cronología, salvo un fragmento de losa con un bajorrelieve muy esquemático en el que se representan dos personas de diferente tamaño y que ha sido tradicionalmente identificado como la Virgen con el Niño; y una lápida reutilizada en la escalinata de acceso al pórtico que poseía una inscripción, desde hace décadas borrada,
que por la fórmula empleada se puede fechar en el siglo XI.

De planta rectangular y cabecera poligonal de tres lados (aprox. 17,50 x 12,00 mts.), sus muros son de mampostería totalmente enfoscada y encalada al interior, reforzado por sillares en las esquinas. Como es habitual en este tipo de edificios, nunca llegó a tener cubrimiento abovedado, siendo el que se contempla en la actualidad fruto de la última restauración y sustituye al anterior, de techo raso de tablillas. Recurre al sistema de armadura en parhilera con sus pendolones, tirantes y jabalcones, que descansa en pies derechos adosados a la pared conformando dos falsos tramos; en tanto que los faldones descansan sobre el muro, adaptándose en la cabecera a su forma poligonal.

En los muros de dicha cabecera y a media altura se ubican las tallas en madera policromada de San Cristóbal, Cristo crucificado y Santa Lucía, enmarcadas por placas de madera que, al igual que los monolitos que hacen de altar y ambón, han sido realizados por artesanos de la vecindad.

A los pies de la ermita se alza un coro de madera con motivos de bocallave en las tablas del antepecho que por algunos detalles ornamentales que le acompañan puede datarse hacia el año 1600, si bien las dos columnas toscanas así como las ménsulas de piedra sobre las que descansa, se corresponden con una cronología posterior, por lo que cabe suponer que sustituyen a los soportes primitivos.

Bajo el coro y centrado se abre el acceso principal de la ermita que se corresponde con el resto de la fábrica del edificio, un amplio arco apuntado y adovelado. Remata la fachada principal una espadaña, de un solo hueco coronada con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús.

El exterior del templo se ve rodeado íntegramente por un bello pórtico, sólo invadido por el pequeño volumen de la sacristía. En la última reforma, además de eliminar el cuerpo añadido que hizo las veces de escuela, han sido sustituidos los pies derechos en que descansaba por los actuales, ligeramente más gruesos al reaprovechar las vigas de la antigua cubierta.

San Cristóbal ofrece un buen ejemplo de cómo una ermita de barriada puede mantenerse en un envidiable estado de conservación gracias a la preocupación y el esfuerzo de sus feligreses y devotos.

Texto: Alfonso de Andrés.


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