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domingo, 14 de julio de 2019

Herrigintza, dos paradigmas rivales


Joxan Rekondo
 
La Fundación Iratzar de Sortu, junto con la UEU, ha organizado un curso de verano titulado Askapen bide(ar)en haritik. Por medio de esta iniciativa, sus promotores pretenden contribuir a la reformulación del que llaman “sujeto de emancipación”, atendiendo a la actual realidad local y global. En la cabecera del programa se presenta una historia vasca caracterizada por rebeliones sin fin. En el marco de ese flujo histórico encajaría el que denominan “cambio de paradigma” que había sucedido hace sesenta años y que podría ejemplificar la nueva orientación de “emancipación” que la izquierda abertzale pretende para la actualidad.


El citado “cambio de paradigma” se manifestaría en diversos acontecimientos de los que se insinúa tendrían un sustrato común. Se alude explícitamente a la creación de ETA, el surgimiento de ikastolas y cooperativas o la efervescencia de otras manifestaciones de la cultura o la sociedad vasca. Ciertamente, algunas expresiones concretas de tales fenómenos sociales fueron concurrentes en el tiempo y en el espacio, pero eso no significa que fueran consecuencia de impulsos afines. Lo que parece pretender el relato que subyace a esa exposición entremezclada de sucesos es ocultar que en aquella época compitieron dos paradigmas de herrigintza rivales, que han vivido procesos paralelos y han dado resultados absolutamente contrapuestos.

El primero de los paradigmas fue sazonado por la idea de unión vasca promovida por el Congreso Mundial de 1956, que respaldó la activación popular en todos los sectores y rechazó explícitamente el recurso a la violencia. Fue en el gran cauce que se abrió tras esta convocatoria donde se originó la primera gran oleada de ikastolas y cooperativas, tras una movilización social que se fue articulando desde abajo. Y el segundo modelo partió de la mano de ETA, que presentó la intimidación y la muerte como remedio mágico ante una situación de decaimiento en la que no veían salida, desconfiando de la energía regenerativa de la sociedad civil vasca. La intervención de sectores de esta última con la pretensión de influir ideológicamente en las ikastolas fue organizada de forma dirigista, aunque resultó tardía y minoritaria. Por su parte, los intentos de infiltración de la perspectiva de clase en el cooperativismo chocaron directamente con el obstáculo insuperable de un ideario humanista de carácter transversal que ya estaba muy consolidado.
En varios de sus escritos, Arizmendiarrieta enfatizó precisamente la oposición entre estas dos filosofías de acción al abogar por la mayor fortaleza de la conducta humanista que insta a la cooperación por encima de las diferencias frente a la inclinación hacia el combate violento o la machinada, a la vez que advertía de que esta última opción podría conllevar un grave riesgo de “suicidio colectivo”.

Los dos paradigmas se probaron durante décadas ante el telón de fondo de la realidad. Hace tiempo que los hechos ya habían dado perfecta cuenta del trágico fracaso de la segunda de las apuestas. Desde hace unos años se oyen múltiples voces que advierten que, junto a la tragedia terrorista, también se había producido la derrota de su pensamiento. Digamos que los momentos más brillantes de nuestra historia han sido aquellos en los que triunfó un pensamiento positivo, para dar respuesta a las necesidades concretas de las personas y la comunidad, y enraizado en la experiencia vivida, sin dar margen a elucubraciones especulativas. Frente a esto, desde su mismo origen, Ekin-ETA no quiso vincularse a un pensamiento político arraigado en la tradición histórica vasca, renuncia facilitada debido a que el grupo estaba ya supeditado a la idea primordial de recurrir a la violencia conforme a la imitación de modelos de resonancia global.

Como ya se sabe, el maoísmo cubrió, pocos años más tarde, esa debilidad ideológica. De esta manera, ETA terminó siendo una mera expresión particular de un pensamiento global. Como lógica consecuencia, cuando los referentes mundiales de ese pensamiento global se han derrumbado, la izquierda abertzale se ha quedado sin narrativa ideológica, tal y como reconoce un Hasier Arraiz más autocrítico ahora que cuando encabezaba el partido-guía Sortu: “Ahora aquel mundo ha desaparecido, y nuestro relato ha finalizado”. A la vista de esto, lo que queda claro es que la causa de ETA ha sido un reflejo especular de un revolucionarismo sin base vasca, como certeramente definió el sociólogo Pedro Uriarte.

En el marco del herrigintza que hemos desarrollado estas últimas décadas, por lo tanto, los vascos hemos sido protagonistas activos de diversos procesos y acontecimientos que han respondido a estímulos de carácter opuesto. Del paradigma cívico que se desplegó con fuerza a partir de finales de la década de los 50 del siglo pasado, con la experiencia cooperativa o el movimiento popular de las ikastolas, nos queda una infraestructura impresionante. Esa misma dinámica posibilitó la recuperación de autogobierno en 1979 y el retorno de las instituciones democráticas en 1980. Sobre una sólida alianza de país (instituciones públicas, fuerzas sociales y empresas), se afrontó la modernización de nuestro sistema productivo y se creó un sistema de bienestar que nos ha llevado a situarnos en un nivel de desarrollo humano propio de las economías más avanzadas de Europa. Por el contrario, la transposición a Euskadi del modelo global de la violencia revolucionaria ha constituido un paradigma incívico que ha dejado un reguero de sangre y sufrimiento, además de haber sido el factor que ha abierto una brecha moral en la convivencia que costará esfuerzo suturar.

No podemos evadirnos de esa realidad. El paradigma humanista del resurgimiento nos enseña que no podemos estar fuera del escenario quejándonos por lo que nos ocurre a la espera de que las cosas se resuelvan solas o que sean otros los que nos las solucionen. No nos queda más remedio que actuar en las condiciones que nos marca el presente que estamos viviendo. El herrigintza que necesitamos hoy nos exige, por eso, un pensamiento y una acción orientada a transformar desde dentro esta situación de escisión social, a partir de agrupamientos y cooperaciones en la búsqueda del bien común en todas las esferas concretas que afectan a nuestra vida cotidiana. Buscando convergencias viables entre diferentes para impulsar proyectos comunes, en la línea que abrió Arizmendiarrieta. Mejor pequeñas colaboraciones en las relaciones de proximidad que planes preestablecidos y estrategias grandilocuentes elaboradas por politburós o gabinetes de sabios. Las estrategias que hay que seguir al pie de la letra fracasan, porque solo son adecuadas para colectivos despersonalizados. No puede haber acción comunitaria sin partir de la libertad de las personas.

El herrigintza del siglo XXI necesita, igual que lo necesitó en el pasado, visión y valores antes que manuales y estrategias. No obstante, hemos de ser conscientes que ni podemos ni debemos eludir la confrontación pública de nuestras diferencias morales y la revisión crítica de lo que nos ha llevado a ellas, con el compromiso de aproximarnos a un suelo ético común para prevenirnos ante toda tentativa de regreso de la vileza del terror. Como concluiría Michael Sandel, primer interviniente de los Garmendia hitzaldiak de Deusto, “una política basada en el compromiso moral es un fundamento más prometedor de una sociedad justa”.

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