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domingo, 30 de agosto de 2015

Divorciados, comulgad en paz: Joxe Arregi

Después de encontrar 50 cadáveres de migrantes en la bodega de una barcaza cerca de Sicilia, después de hallar 71 cadáveres descomponiéndose en un camión cerrado y abandonado en una autopista de Austria (¡Horror, Europa! ¿Vas a perder del todo tu alma y tu nombre?), después de naufragar y perecer cientos de africanos ante la costa de Libia…, me da vergüenza escribir sobre la comunión de los divorciados vueltos a casar. Me pesa y avergüenza, y pido perdón por hacerlo, pero lo haré. También ésta es una historia de dolor, aunque sea menor.


Dentro de un mes se reunirán en el Vaticano centenares de obispos (¿ellos no se avergonzarán?) para decidir si las divorciadas y divorciados vueltos a casar podrán recibir la comunión en la eucaristía. Decidirán que sí, pero imponiendo unas condiciones que no me parecen dignas del Espíritu de la Vida o del Evangelio. Lo harán con la mejor voluntad, y se lo agradecemos, pero podrían ahorrarse el esfuerzo y sobre todo el dinero, pues es una cuestión ya resuelta, con paz o sin ella, por la inmensa mayoría de cristianas y cristianos afectados por esa situación. Muy poquitos van a misa, y casi todos los que van comulgan. Hacen bien, pero ¡ojalá todos comulgaran en paz!
Recientemente, una veintena de teólogos progresistas del estado español -cinco vascos entre ellos- han promovido una campaña en apoyo de esas medidas de generosidad defendidas por el Papa y combatidas por muchos obispos. Yo he firmado el texto y lo he difundido. Pero no comparto sus argumentos y diré por qué. Abogan para que el Papa permita comulgar a las personas divorciadas vueltas a casar, y para ello recuerdan que “Jesús comía con pecadores”. Es decir, consideran a tales personas como pecadoras y culpables. Pobres ovejas descarriadas del rebaño. Los teólogos piden para ellas una “disciplina de misericordia” con unas condiciones, las mismas que previsiblemente impondrá el Sínodo: “arrepentimiento, reconocimiento de culpa y propósito de enmienda” (sic). Proponen, pues, una “disciplina a la que no todos podrán acogerse” (sic). Amigos teólogos progresistas, ¿pensáis de verdad que esas personas son culpables por el mero hecho de haberse divorciado y vuelto a casar? ¿Y de esa manera tan canónica, tan condicionada y humillante, es como entendéis la misericordia de Jesús? Me cuesta comprenderlo. Me daría mucha pena.
El texto dirigido al Papa observa, además, que en su propuesta “no se cuestiona en absoluto la indisolubilidad del matrimonio”. De nuevo me siento perplejo. ¿No admitís que, por tantas razones complejas, siempre dolorosas, el amor humano a menudo se malogra o se rompe? ¿O seguís aferrados a ese artificio canónico de que el matrimonio es indisoluble aun cuando el amor se disuelva? ¿O seguís pensando que es una firma canónica la que hace el sacramento y que éste persiste aunque el amor falte? Estoy seguro de que no es ésa vuestra manera de pensar, pero entonces, por favor, cambiad los argumentos.
Por su parte, José María Castillo, que no figura entre los veinte teólogos firmantes del texto, ha publicado un buen artículo en que demostraba con datos fehacientes que Jesús no enseñó la indisolubilidad como tal, y que ésta no se reconoció en la Iglesia durante más de mil años y que nunca ha sido declarada dogma. Así es, y es bueno saberlo. Los obispos cometen muchos abusos cuando nos hablan en nombre de Dios y de la fe de la Iglesia ignorando los datos de la exégesis y de la historia. Pero también el argumento de Castillo se me queda corto: ¿querrá decir que si Jesús hubiera enseñado la indisolubilidad y la Iglesia la hubiese declarado dogma sería intocable? ¿Acaso no apuntó Jesús más allá de lo que pensó y dijo? ¿Y acaso el Espíritu de la vida está atado para siempre a unos dogmas que son siempre fruto de la historia?
Amigas, amigos divorciados vueltos a casar, comulgad en paz en la mesa de la Vida. Comulguemos en paz. Estad seguros de que Jesús está con vosotros, con nosotros, no como indulgente anfitrión, sino como buen y alegre compañero de vida.

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