Imagen parcial de los asistentes a la charla meditación de Elo Braceras. LA CUARESMA SE CUMPLE EN LA ENFERMEDAD
Llevo muchos años pateando pasillos de hospital, atendiendo la demanda religiosa o no religiosa de personas enfermas y sus familias. En el fondo, lo que todo el mundo pide y necesita es una ración de humanidad y que alguien intente ponerse en sus zapatos.
En estos años han pasado muchas cuaresmas, una
por año. Y he llegado a la conclusión de que no se diferencian en nada del
resto del año. Siempre es cuaresma en el hospital, da igual que sea marzo,
abril, octubre. En el hospital y en el hogar de la persona enferma siempre es
cuaresma. Y no lo digo porque sí, sino pensando en los textos que leemos el
miércoles de Ceniza, ese texto del Sermón de la Montaña.
Mt 6,1-18
Tradicionalmente asociamos estas tres obras a
la cuaresma: limosna, ayuno y oración. Pero el texto añade algo más. Limosna,
ayuno y oración no son acciones que se puedan hacer de cualquier manera, sino
en secreto. Y aquí está la cuestión de por qué veo yo cómo la habitación de un
enfermo se convierte en una permanente cuaresma.
Video un poco largo... pero interesante
AYUNO
La enfermedad obliga a ayunar de muchas cosas,
además de la comida. ¡Por supuesto que en primer lugar de la comida! Que se lo
digan a quienes están ingresados y tienen que comer los purés que les sirven,
sin sal ni ninguna gracia. Pero esto no es más que la punta del iceberg. A la
persona enferma le toca ayunar, y en secreto, de muchas cosas.
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Anhelos: su anhelo sería curarse,
pero muchas veces la realidad se impone, y ese deseo queda en las migajas de lo
que querríamos. En secreto, el enfermo -o sus cuidadores- ayunan de los deseos,
de aquello que ansían, sin atreverse a compartirlo para no hacer sufrir. A
veces toca ayunar de esperanza, viendo cómo está se desvanece al intentar
agarrarla, como dicen que pasa con los falsos amores. Ese ayuno de deseos y
esperanza es un secreto que la persona enferma, y quien le acompaña, guarda en
su corazón, donde el Padre ve lo secreto. Y él lo recompensará.
-
Planes a largo plazo, porque lo
que el enfermo tiene es el hoy, aquí y ahora, la ecografía de esta tarde o lo
que va a decir el termómetro esta noche, el nivel de azúcar de la hora de
comer, la noticia del médico de mañana a primera hora y ese sueño, a veces
parece que imposible de alcanzar, de volver a casa. Los planes del enfermo son
ese “Ay por favor, a ver si puedo dormir algo esta noche” y, como mucho, el
“Pues si no duermo hoy, mañana pido una pastilla”. En ocasiones, prohibido
soñar con ver casarse a una hija, conocer al primer nieto, ir de vacaciones al
pueblo un año más o ver de nuevo la gabarra por la ría. El ayuno secreto de los
planes se convierte en un disimulado silencio cuando se habla del mañana o del
año que viene, y es solo el Padre quien sabe lo que realmente pasa por el
corazón de la persona enferma.
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De salidas, entradas, de placeres.
De ese salir a tomar unos txikitos, el café, leer el periódico o la partida con
las amigas. Poder abrazar a los nietos, o simplemente dormir en la cama propia,
que tanto se echa de menos. Toca ayunar de estar en el sofá de siempre, que ya
tiene la forma de mi… espalda, y quedarse adormilado en él después de comer. Se
ayuna de mirar por la ventana de la cocina, por donde siempre vemos pasar a
algún conocido… En secreto, ayuno de todos esos placeres, y lo hago en secreto
porque en el fondo lo que esperan de mí es que ponga toda mi energía en
curarme, sin que reste nada para nostalgias. Solo mi Padre sabe que echo tanto
de menos cruzar saludos por la calle y ser reconocido por todo lo que ya viví
en mi pueblo todos estos años. Solo él me recompensará.
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De promesas que no sé si podré
cumplir, porque quién es el guapo que se atreve a asegurar nada. Ayuno de
prometer, de garantizar, de hablar de más, aunque lo estemos deseando, porque
no hay nada que nos guste más que ver sonreír a quienes nos aman. Pero toca
ayunar de originar sonrisas con nuestras promesas, y las sonrisas que vemos responden
a nuestro ayuno de dejar ver nuestra debilidad y mostrarnos invencibles en
nuestro optimismo.
-
Ayuno de mostrarse débil, triste, silencioso
y derrotado. Solo mi Padre en mi secreto sabe lo que vive realmente el corazón
de la persona enferma.
Todos estos ayunos del enfermo los comparte
también el cuidador, y también en secreto, porque no me voy a quejar cuando mi
padre, mi madre… mi ser querido, está peor que yo. Por mi padre, mi madre, mi
ser querido… sí que lo está pasando mal, y porque ¡con todo lo que él o ella ha
hecho por mí, cómo voy yo a quejarme ahora!... Ayunamos en secreto en nuestra
tristeza porque muchas veces sentimos la necesidad de aparentar lo que no
somos, o de aparentar que estamos como no estamos: aparentar normalidad,
esperanza, alegría, optimismo, serenidad. Aparentar ese “No pasa nada”, aunque
sí que pasa. Ayuno de mostrarme, de mostrarme derrotado.
Pero Dios ve en nuestro corazón. Y de la
mirada secreta de Dios hablamos en la segunda acción de la cuaresma.
Pocas veces hemos pensado la enfermedad y permanencia en un hospital, como enfermos o acompañantes como una cuaresma.
ORACIÓN.
No hablamos de oraciones, porque muchas veces
la propia enfermedad no deja, nos roba las ganas, nos chupa la energía. La
persona enferma se propone decir oraciones y no puede, porque “me quedo
dormido”, o “no me acuerdo”, o simplemente no puedo con mi vida. Pero la
oración es otra cosa. Porque la verdadera oración no supone esfuerzo ni hay que
tener buena memoria.
No hay nunca tanta oración en secreto como en
la enfermedad, o como en el sufrimiento en general. En la enfermedad hay muchos
temores que no nos atrevemos a confesar si no es ante el Dios que ve en lo
secreto, que lee nuestras palabras sin necesidad de que las pronunciemos, aun
por dentro. Temores no confesables o incompatibles con no hacer sufrir; rabia,
confusión, tristeza, esperanza o desesperanza -que tan mal nos puede parecer
sentir una como otra-. Oración de deseo, de anhelo impronunciable. También oración
de negociación: “Señor, me dejarás ver casarse a mi hija (…) Señor, mi hija va
a tener su primer hijo, me dejarás conocer a mi nieto (…) Señor, déjame ver
bautizarle, hacer la primera comunión, graduarse, formar su familia…”. La
oración de las mil preguntas.
La oración del enfermo es la oración del salmo
138: Señor, tú me sondeas y me conoces, me ves siempre, en lo alto del cielo
y en el fondo del abismo. Así ve Dios la oración silenciosa en el corazón
del enfermo y de su cuidador, sea arriba en los momentos de bienestar, sea
abajo en los momentos de dolor. En el fondo del abismo y en lo alto del cielo,
en lo profundo del mar o en los grandes llanos. No hace falta compartir la
oración del salmo 138, porque el Señor ya la conoce en lo secreto. Y el Señor
que ve en lo secreto la ve, la escucha, la sabe. La recompensa.
Hay también una oración “pública”, la
“oficial”: el capellán que llega, o el cura de la parroquia que te visita en
casa, con buena cara y la unción entre las manos. Es esa oración pública que
puede consolar… o no. En ocasiones puede que consuele más a los cuidadores que
al propio enfermo, porque nos da la sensación de que, respecto a Dios, “por lo
menos hemos podido hacer algo”. Porque de la otra oración, de la que va por
dentro, que en ocasiones puede ser incluso la que más perdone, la que más
consuele, la que más rabia nos permite expresar… esa oración no se puede medir.
Porque es secreta, como la cuaresma. Porque Dios nos oye en el silencio y nos
enseña a llamarle Padre y a pedir perdón y a perdonar.
LIMOSNA
¿Qué limosna puede dar un enfermo, alguien a
quien se le ha arrebatado casi todo? La más importante y que no regalamos casi
nunca: el tiempo. El tiempo es esa monedita que la viuda anciana echó al cesto
del templo y nadie escuchó, porque no sonó, amortiguada por los muchos
“billetes” que ya había dentro, y que habían echado los grandes del lugar:
sacerdotes, fariseos, escribas, hombres de bien. La monedita de la anciana no
supuso diferencia en el monto de la colecta, pero sí fue visible, muy visible,
para Jesús, que supo inmediatamente el valor de esa frágil moneda, fuerte en la
mano y el bolsillo de la viuda, fuerte porque lo era TODO.
Así es el tiempo ante la cama de una persona
enferma: lo es TODO. Es una limosna costosa, necesaria, y que se da a
escondidas, en ocasiones librando una feroz lucha por dentro, porque lo que
querría no es estar aquí en esta cama observando cómo mi cuidador se deshace
para que esté bien, sino que querría estar en la calle, o simplemente solo o
sola. Muchas veces hay que luchar para poder entregar más tiempo, para dilatar
una despedida que no quiero hacer porque sé que quien me ama necesita de mi
tiempo, porque mis hijos no están preparados para que me vaya, porque ningún
padre o madre estará jamás preparado para despedir a un hijo, porque a mi
hermano se le va a ir su apoyo, porque dejo mucho follón aquí si yo me marcho,
porque, sencillamente, cómo se van a apañar sin mí, ¿seguirán unidos si yo
falto? ¿Quién consolará a mi marido, a mi esposa? ¿Con quién se desahogarán mis
amigas?…
El tiempo es un cara limosna que se entrega en
secreto porque, además, la persona enferma puede pensar que eso es precisamente
lo que menos tiene: tiempo. Ya lo sabía Jesús: era esa moneda la que no le
sobraba a la piadosa viuda.
El enfermo, y su cuidador, dan en secreto
otras cosas que no tienen, como las sonrisas, que tienen que crear cada vez que
dan una, o una palabra optimista, o una mentira piadosa. Así son enfermos y
cuidadores, dando humildemente las pocas migajas de energía y esperanza que les
quedan. Dándolas para el bienestar y felicidad del otro y pidiendo a Dios, en
secreto, que aumente sus arcas de esperanza y optimismo para poder dar más.
Y Dios ve esa limosna y ve a la viejita del
templo, y sabe lo que está en juego ahí. Y él lo recompensará.
Así que la cuaresma es todo el año en los
hogares y hospitales donde la vida se ve amenazada por la enfermedad y el duelo
aparece aún estando en vida, con tantas pérdidas que no han acabado todavía ni
hemos podido asimilar: la independencia, la movilidad, los sueños, los planes,
la casa y la cama propia, la salud.
Miremos con admiración y gratitud a quienes
viven en permanente cuaresma, esperando una Pascua que sin duda llegará, pero
que nos está costando tanto esperar y llegar a ella… Llegarán la luz y la resurrección, pero
mientras tanto hay que pasar los 40 días en el desierto, que a veces se
convierten en los 40 años del éxodo, y hay que pasar Getsemaní y sudar sangre y
pedir a gritos que pase este cáliz… y esperar confiados que venga el ángel a
consolarnos. Y vendrá. Y hay que pasar las tres caídas camino del Gólgota, y
hay que ver con estupor e infinita tristeza a nuestra madre, a nuestro amigo, a
nuestra amiga, a nuestro hijo… llorando impotente al pie de la cruz, dándolo
todo. Con una sonrisa, y en secreto.
Así que ante la enfermedad pensemos que
estamos en Cuaresma, y que llegará el domingo de Pascua.
Dios en la enfermedad, charla de Elo Braceras en Bermeo: fotos y video
En el contexto de las actividades de Cuaresma, Elo Braceras, capellana en el Hospital de Basurto nos ayudará con una charla sobre "Dios en la enfermedad, como vivir la Pascua en el sufrimiento".En la parroquia de Santa Eufemia, a las 6 de la tarde, el miércoles 4 de marzo.
La charla será en castellano.
Organiza el sector pastoral Mundaka-Bermeo.




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