Jose Angel Agirre Camerundik

domingo, 5 de abril de 2020

Gure pastoreak

Gaurko Deian... Sandra Atutxaren eskutik.


Enrique Etxebarria Pastor del Gorbea eta Jon, Puy eta Izaro



"De casa a la cuadra y de la cuadra a casa"


NO hay coronavirus que pueda romper con la rutina del mítico pastor del Gorbea, Enrique Etxebarria. Todos los días se levanta antes incluso que el gallo cante; desayuna fuerte para coger fuerzas y se va a la cuadra donde le esperan sus ovejas. Enrique apenas dedica una hora para comer y por la tarde no pierde el tiempo con siestas. Tampoco tiene tiempo para ver la televisión ya que lo quehaceres del caserío son más importantes. Por las tardes, llueva o haga sol, se pasa cinco horas vigilante de su rebaño que pasta a sus anchas en las campas del barrio Uribe, en Zeanuri, donde tiene el caserío. Pero antes se pasa por la huerta donde ya ha sembrado los productos de temporada. "Mi vida no ha cambiado con eso del coronavirus. Aquí hay mucho trabajo y eso no se puede dejar aparcado para otro día. De casa a la cuadra y de la cuadra a casa, ese es mi día a día. No hay más", resume el pastor. Generalmente le dan las nueve de la noche cuando vuelve asomarse por la puerta del caserío familiar donde le espera Josefina. Es la hora de cenar y del merecido descanso. "El día se hace corto", comenta el pastor.
 
El confinamiento para paliar la extensión del virus por el mundo entero no ha llegado a Uribe y por lo tanto no ha alterado la vida en este idílico paraje verde. Tanto Enrique como su mujer se protegen mucho del virus y tampoco bajan al pueblo para no exponerse. "Las compras que necesitamos nos la trae el hijo. Tampoco necesitamos grandes cosas porque tenemos el congelado lleno. Nos arreglamos bien y por eso no merece la pena exponernos a la enfermedad ", afirma el matrimonio.
 
En esta época del año los trabajos en torno al pastoreo se multiplican. Aunque la mayoría de las ovejas ya han parido, Enrique a diario separa de las que todavía, según relata "están enteras". "El trabajo no para. Tenemos ya muchos corderos", explica. Todas las ovejas duermen en la cuadra para protegerlas del zorro que siempre está al acecho merodeando el paisaje arratiarra en busca de caza. "El zorro tampoco entiende de coronavirus. Está a lo que está", bromean. Entre tanto, Enrique también ordeña a las ovejas para luego vender la leche. "Nosotros no solemos elaborar cuajada. La leche nos la compra el lechero que pasea de vez en cuando y la recoge", cuentan.
 
Esperan que esta crisis sanitaria pase rápido para que la vida de la gente vuelva a ser la que era. "Aquí, la vida sigue igual. Nada ha cambiado", insisten. Hasta junio, el día a día de Enrique y su mujer, Josefina, estará marcada por la rutina entorno al baserri. Todo cambiará con la llegada del verano. "Para entonces esperemos que estoy haya pasado", confían. A partir de esa fecha Enrique subirá al rebaño hasta los pastos de altura donde pasarán el periodo estival. "En julio en la chabola que tengo en Arraba elaboraré quesos". También llegará el verano.

Jon, Puy y la pequeña Izaro Los queseros de Ipiñaburu



"Seguimos con la misma marcha"



 


EN la crisis del coronavirus la vida de la familia Etxebarria-Arrieta solo se ha visto alterada porque ahora toca controlar todas las mañanas los deberes de Izaro y de Beñat. Es Puy, la amatxu, la que además de todo lo que ya hacía habitualmente se encarga de marcar las rutinas de los pequeños de la casa y de hablar con los profesores cuando es necesario. Mientras tanto, Jon se sigue levantando a las seis de la mañana para ordeñar las ovejas y recoger la leche con la que elaborarán después los quesos. "Nosotros seguimos en la misma marcha. En esta época toca recoger hacer los quesos, darles la vuelta... El virus no ha alterado nuestras vidas, ni tampoco nos ha encerrado en casa. Los niños nos ayudan en las labores", aclara.
 
El coronavirus no ha cambiado en exceso las rutinas de esta familia dedicada en exclusiva a la elaboración de quesos en el barrio zeanuritarra de Ipiñaburu. "Somos unos privilegiados. Mucha gente nos ha dicho alguna vez: "Pero cómo podéis vivir en el monte con dos niños?" Pues sí, aquí vivimos todo el año, ahora y siempre y lo agradecemos mucho", confiesa Etxebarria.
 
De enero a mayo esta familia que cosecha numerosos premios por sus deliciosos quesos elaborados en las baldas del Gorbea se afanan en las labores de recogida de leche y en la elaboración de los quesos que empezarán a vender la semana que viene: "Los primeros quesos de enero ya se podrán vender en pocos días. Tenemos las cámaras llenas. A ver cómo va todo poco a poco". 
 
Sin embargo, y aunque el covid-19 no ha alterado su día a día, Jon reconoce que sí les preocupa las consecuencias que esta pandemia pueda acarrear en la economía familiar. "Todo es una cadena. Si un eslabón cae, todo empieza a desmoronarse", reflexiona el quesero de Ipiñaburu.
 
La tranquilidad se hace aún más tranquila si cabe en este apartado paraje arratiarra desde que el covid-19 obligó a la inmensa mayoría de la población a confinarse en sus casas. El silencio, en Ipiñaburu, solo se rompe con el piar de los pájaros que se sienten más libres disfrutando de una naturaleza plena, sin amenazas. "No se ve a nadie. No sube ni bajan un coches. La verdad es que se agradece ese descanso que se ha cogido la naturaleza", apunta Jon. Pero él es consciente de que la vida debe seguir, quizás estaría mejor -asegura el quesero- a otro ritmo al que estamos acostumbrados. Si todo se para también su negocio de venta de quesos se frenará. "Los restaurantes, bares... están cerrados. Si la gente no tiene trabajo en las fábricas no van a gastar dinero en quesos. Espero que podamos remontar", dice. Tienen el congelador lleno de comida, pero cada diez días llaman a Loli, de la tienda de Zeanuri, para hacer el pedido y reponer lo que les falta. "Bajamos al pueblo lo justo. Los niños también se han adaptado bien y ni piden bajar a la plaza", concluyen.
 

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