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domingo, 3 de julio de 2016

El demiurgo y el jardinero

Javier Elzo


El jardinero sabe que en su cocreación, en su búsqueda, no partimos de cero. Otras generaciones de humanos, en nuestros lares y allende los mares y tierras, otros humanos, con otras civilizaciones, otras culturas, otras creencias, otros niveles de desarrollo, ya han trabajado en pro de la anhelada sociedad más justa, más humano. No somos los primeros en este maravilloso quehacer...

Al límite, hay dos formas básicas de estar y actuar en la vida. También en la vida política. Son las que responden a la figura del demiurgo y a la del jardinero, atendiendo a la filósofa Chantal Delsol en su último libro, La haine du monde. Totalitarismes et postmodernité -El odio del mundo. Totalitarismos y postmodernidad- (Cerf, París, 2016, 238 paginas). Este texto es deudor de ese libro. 

El demiurgo representa el mundo prometeico, el mundo producido sin anclajes en el ayer, ayer que es visto negativamente, como el mundo viejo, arcaico, desfasado y nefasto, que debe ser transformado radicalmente (desde la raíz que será extirpada), para dar lugar a la sociedad sin clases, a la sociedad sin pobres, sin opresores ni oprimidos. 

Antecedentes y actualidad demiúrgica  

En el siglo XX, y limitándonos al mundo occidental, hubo dos grandes intentos, dos grandes proyectos demiúrgicos: la revolución comunista en Rusia y la experiencia del nazismo en Alemania. Ambas tienen su antecedente intelectual en la (mala lectura de la) revolución de las Luces y su antecedente sociopolítico en la Revolución Francesa de 1791, particularmente el año 1793 con la implantación del terror y la ejecución de millares de personas. Estos proyectos se realizaron en medio de la sangre, con violencia estructural ejercida desde el poder eliminando a los reales o supuestos disidentes, en pro del hombre nuevo, de la nueva sociedad, haciendo tabla rasa de la existente. Tanto la Revolución Francesa como la comunista y la nazi provocaron, directa y voluntariamente, auténticos baños de sangre. 

En el siglo XXI, los demiurgos han dejado atrás el terror físico, la violencia sangrienta, pero no han renunciado a la creación del hombre nuevo, de una nueva sociedad perfecta, sin injusticias. En el plano filosófico, biotecnológico, político, cultural etc., con base conceptual y con repercusiones en la vida cotidiana. Así la revolución transhumanista. Es no solamente indolora sino que promete un hombre aumentado, un hombre sin enfermedades que, incluso los más atrevidos no dudan en calificar de hombre inmortal. 

En el ámbito societario y, más en concreto, en el político de partidos y movimientos, este planteamiento lo vemos claramente en los movimientos extremistas que se presentan radicalmente pacifistas y radicalmente prometeicos: hay que acabar con el mundo antiguo, hay que conquistar el cielo de la felicidad completa, haciendo tabla rasa de lo existente, un mundo corrompido por el gran capital y la casta de los mandamases de izquierda y derecha que nos han expoliado las últimas décadas.

Este planteamiento de una sociedad sin injusticias, con el principio absoluto de la libre determinación de opciones políticas (sin exclusión de la secesión si así lo pidiese una mayoría de la población considerada) y logrado sin derramamiento de sangre, se antoja uno de los factores más potentes que explican la pérdida en votos de Herri Batasuna (con su histórica legitimación de ETA) y el actual auge de Podemos en Euskadi. No es el único factor, pero sí uno importante y que explicaría la caída y el ascenso, estos últimos dos años, de las formaciones herederas de Batasuna y Podemos respectivamente, en Euskadi… y en Navarra. 

El rechazo de la radicalidad 

El jardinero no produce, cultiva. Esto es, ayuda a crecer lo que ya existe y le precede. El jardinero no crea, a lo sumo recrea partiendo de lo ya existente. Lo hace apoyándose en mil saberes que ha heredado o adquirido con su propio esfuerzo. Puede dar a luz híbridos, nuevas plantas, nuevas frutas, nuevos modelos sociales, nuevas organizaciones políticas, pero desde el respeto de lo ya existente. Tratando de mejorarlo. El jardinero no es el amo, el dueño, en el sentido de que decide de todo soberanamente. Es el guardián y el cocreador pues contribuye día a día a mejorar el mundo, a su infinita y nunca completada realización. El jardinero es un artesano que no duda en utilizar las técnicas más sofisticadas y avanzadas a condición de que sea él (con sus congéneres) quien decida su finalidad. Con humildad pues se sabe pequeño ante la inmensidad del mundo que le rodea: no solamente no es capaz de controlar si mañana ha de llover o lucirá el sol, es que tampoco es capaz de prever los movimientos sociales, las mareas que, a lo largo de la historia que le ha precedido, ha llevado a los hombres tanto a las Reducciones de Paraguay como al campo de exterminio de Auschwitz. El jardinero mira para atrás y se topa, en Rusia con Stalin y con Tolstoi, en Alemania con Hitler y con Beethoven, en Oriente con Pol Pot y con Gandhi… Constata que la humanidad es capaz de lo mejor y de lo peor. De ahí que rechace toda radicalidad. 

En realidad, el jardinero rechaza radicalmente la pretensión de la radicalidad, de que la verdad se encuentre en un cajón determinado, y menos aún que él detenga la llave de ese cajón. Llámese el cajón como se llame: comunismo, socialismo, liberalismo, nacionalismo, cristianismo, ateísmo, y todos los ismos que bañan el planeta en el que vive. No considera que los ismos no tengan elementos positivos de los que pueda aprender en pro de una sociedad, más humana, más justa, más convivial. 

Pero sabe que todos estos ismos, cuando se han pretendido implantar, sea de forma militar y sangrienta (el nazismo, el comunismo, antaño el cristianismo: la espada y la cruz), y de forma más sibilina en la actualidad, sea haciendo del dinero y la técnica sin ciencia, sus dioses, sea olvidándose de modelos antiguos que generaron baños de sangre, sabe el jardinero que, entonces, entonces sí, la sociedad va al desastre, al totalitarismo, ismo este que el jardinero estima que es el que hay que desterrar radicalmente. 

El jardinero no cae en el relativismo, en la dictadura del todo vale. La dictadura de que cada cual puede hacer lo que quiera a condición de no herir al otro, la dictadura del principio de que la libertad de cada uno se limita en la de los demás, haciendo así bueno, elevándolo a categoría de moral práctica, el principio sartriano de que “el infierno son los otros”. 

No somos los primeros  

El jardinero sabe que en su cocreación, en su búsqueda, no partimos de cero. Otras generaciones de humanos, en nuestros lares y allende los mares y tierras, otros humanos, con otras civilizaciones, otras culturas, otras creencias, otros niveles de desarrollo, ya han trabajado en pro de la anhelada sociedad más justa, más humano. No somos los primeros en este maravilloso quehacer, en esta cocreación salvífica. Además, si sabemos mirar con rigor la historia, constataremos que, ciertamente con altibajos, el género humano, los derechos humanos y su universalidad ha mejorado a lo largo de los siglos y en todas las partes del planeta. 

De ahí que no se pueda aceptar el modelo del demiurgo (por fatuo, ignorante y, sobretodo, peligroso) y debamos apostar, decidida y firmemente, con la inteligencia del corazón y la humildad de la razón, por el modelo del jardinero.

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